EL CAMINO INCA

Four days trekking

 
Isidoro Lorenzana

La ciudad peruana de Cuzco, capital del mayor imperio andino de todos los tiempos y Machupichu, ciudad sagrada de los incas y acrópolis imperial, estaban y aún están comunicadas por un tortuoso Camino de peregri­nación: El Camino Inca. Recorrerlo entonces, como recorrerlo hoy, representa ganar el gran jubileo andino; sacrificar a los dioses, mortificando el cuerpo hasta la extenuación; para contemplar uno de los mayores espectáculos que la naturale­za puede ofrecer. Gateando por las rocas a más de cuatro mil metros de altitud; fríos andinos de grados bajo cero y calores tropicales con más de veinte de humedad sofocante. Sudores, lluvias, barros y mosquitos; dormidas al intemperie y cami­natas interminables. Cuatro días de auténtico sacrificio para gozar el beneficio de la llegada, atravesando el laberinto más alto y más bello del mundo, y contemplar la grandeza del gran santuario, sintiéndose reconfortado con los dioses y con uno mismo. ¡Vale la pena!.

Un paseo de cuarenta kilómetros

Desde que en nuestra cultura oriental se ha puesto de moda el caminar, de la saludable caminata de una hora por el parque vecino se pasa a la máquina del gimnasio y al Camino de Santiago. El senderismo montado con cayado y mochila combina deporte y pasión por el paisaje. Para todo senderis­ta de altura, para los amantes de la montaña, el máximo anhe­lo es patearse los Andes; su sueño dorado es llegar algún día a recorrer el Camino Inca. Cuando ya se frisan los sesenta y aún continúa la asignatura pendiente, la obsesión se transfor­ma en angustia. ¡Ahora o nunca!

Experiencia Personal

Cumplía mis cincuenta y nueve años el primer día de caminata, estaba rodeado de jóvenes senderistas del mundo entero, dispuestos a darme la batalla o a echarme una mano; lo que para ellos sería una aventura más, para mí podría ser una temeridad. Cuando yo visité el Perú a su edad, el Camino aún no estaba abierto; eso alentaba mi pasión por la empresa.

Con quince kilos a la espalda, trepando ya por los tres mil seiscientos metros, empapado de sudor interior y lluvia externa, durmiendo en un saco embarrado, todavía decidí con­tinuar. Aún faltaba lo peor, tres días por delante hasta Machupichu y el murallón de los cuatro mil doscientos metros sin cruzar; con meteorología dudosa y mis fuerzas al límite, tuve mis dudas. El retorno en solitario se presentaba harto difícil, pero sobre todo pesaba sobre mí el fantasma del fraca­so. Saqué fuerzas invocando a los dioses incas, y al amanecer del cuarto día, tras coronar el último gran obstáculo, ya tenía a la vista la Montaña Sagrada acogiendo en su seno la Ciudad Santa del imperio andino. Uno de los espectáculos más gran­diosos que el ser humano puede contemplar. Sólo me faltaba el último descenso; Machupichu estaba al alcance de la mano.

No ha sido la aventura más arriesgada de mi vida, pero sí la más dura. A esa altitud falta mucho oxígeno para respi­rar, y los años no perdonan; perdí vista, perdí oído y perdí memoria, pero no perdí voluntad; más tarde, todo lo recupe­ré con creces y valió la pena.

De la Puna a la Floresta

No parece tanto: Cuarenta kilómetros no más. Empinadas rampas, tortuosas escaleras, cornisas voladizas, laberintos, túneles y puentes. Dificultades no exentas de ries­go; pero el Camino, mítico como la misma Machupichu, ade­más de ruinas de ciudades, terrazas y tambos incas, acoge en su recorrido la mayor colección de belleza natural que ningún senderista universal pueda imaginarse. Geología y geografía vírgenes, asaltadas por los incas de hace ochocientos años. El Camino atraviesa extensas praderas de altura donde las lla­mas y alpacas silvestres pastan a cuatro mil metros; inmensos nevados, cataratas, cubetas glaciares, ríos, lagos, profun­dos abismos y atronadores torrentes de cristalinas aguas. Enanos matorrales de altura y frondosos bosques tropicales. Del altiplano andino a la selva tropical, de la puna a la flo­resta; de los fríos desiertos de altitud y las nieves perpetuas a los sofocantes calores amazónicos, y todo, en sólo cuarenta kilómetros de recorrido a pata. Ánimo, colegas!.

Cuzco

Con diez días de vacaciones hay tiempo suficiente. Es necesaria la permanencia previa en Cuzco al menos durante dos días, por varias razones: hay que superar el mal de altura, prepararse física y psicológicamente haciendo alguna abs­tracción; visitando y comprendiendo a Cuzco para entrar en contacto con el mundo andino de hace mil años.­

Estamos en la capital del gran imperio de los incas; la ciudad capital del Tawuntisuyo andino. La Roma del antiguo imperio americano. Como la Roma Augusta, Cuzco debía irradiar cultura a su extenso imperio aún a la llegada de los españoles. Cuando nuestros tatarabuelos encabezados por Pizarro tomaron la ciudad en el siglo XVI, no debieron admi­rarse menos que las hordas de Alarico cuando asaltaron Roma a principios del siglo V. La grandeza imperial de Cuzco salta a la vista; recorriendo sus calles, visitando sus museos y repasando su historia, no es difícil abstraerse. ¡Lo que sería Cuzco a la llegada de los españoles!.

Cuzco no se volatizó como la pobre Tenochtitlán mexicana al desecar la laguna que la acogía. Los potentes muros incas fueron inviolables a los españoles, que se limitaron a utilizar­los como base para la construcción colonial. La traza urbana de la ciudadela inca sigue intacta; el empedrado de sus calles y los parámetros inclinados de sus paredes se mantienen como esta­ban hace casi mil años. Como el centro histórico medieval de nuestras ciudades europeas, destaca el viejo casco antiguo cuz­queño, gloria urbana de la grandeza imperial andina. Fue cabe­za del imperio más grande de América y centro político y religioso del subcontinente. Cuzco tenía muchas ciudades satélites tributarias, pero, sobre todo, tenía a su recóndita Machupichu, centro sagrado que los españoles no llegaron a violar; ambas estaban comunicadas por un Camino también sagrado: El Camino Inca. ¡Recorrámoslo, es único!.